lunes, 4 de abril de 2011

Tiempo de amar, tiempo de morir







TÍTULO ORIGINAL: A Time to Love, a Time to Die
AÑO: 1958
DURACIÓN: 133 min.
PAÍS: USA
DIRECTOR: Douglas Sirk
GUIÓN: Orin Jannings (Novela: Erich Maria Remarque)
MÚSICA: Miklós Rózsa
FOTOGRAFÍA: Russell Metty
REPARTO: John Gavin, Lilo Pulver, Jack Mahoney, Keenan Wynn, Don DeFore, Erich Maria Remarque, Klaus Kinski, Dieter Borsche, Barbara Rutting, Thayer David, Dorothea Wieck
PRODUCTORA: Universal Pictures





Sinopsis


Durante la Segunda Guerra Mundial un soldado alemán, que combate en el frente ruso, recibe un permiso para volver a Alemania. Al regresar a su hogar, buscará a sus padres desaparecidos tras comprobar que su casa ha sido bombardeada, y se enamorará de la hija de un preso político... (FILMAFFINITY)
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"Obra maestra que, realista en la descripción de la situación, sublimadora en la descripción del amor, refleja como pocas películas la ilusión de vivir, de felicidad, y la crudeza de la realidad" (Francisco Marinero: Diario El Mundo)
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"Uno de los melodramas más conmovedores de Sirk. Sentida historia llena de imágenes emotivas y con una ambientación que desprende realismo en todas sus escenas. Un clásico menor que cautiva." (Fernando Morales: Diario El País)




Comentario


Persecución implacable


Eso es lo que destila esta hermosa película, obra cumbre del melodrama firmada por el que fue su maestro indiscutible: una persecución implacable que la cruda Realidad hace del Sueño, de la Esperanza, del Deseo, de la Evasión, de todo aquello que cualquier ser humano, conscientemente o no -y quien diga lo contrario, miente-, busca desesperadamente en el mundo que le rodea -nunca menos gratuito y más acertado el adverbio-, porque, en su lucidez, sabe que todas esas cosas no existen como meta final de todo esfuerzo, sino como mágico momento fugaz que aparece cuando menos se lo espera y se diluye cuando apenas ha empezado a disfrutar de él. En esta película se asiste, con el corazón en un puño, al desgarrador espectáculo de la Vida acechándose paradójicamente a sí misma: la Vida que rodea al hombre y le impone el camino contra la Vida que él querría construir. La Realidad contra el Cuento, la Fatalidad contra la Posibilidad. Y el Destino como maquiavélico croupier repartiendo las cartas justas para seguir jugando el Juego, el único que nadie juega por diversión, sino por necesidad.

Una de las más bellas historias de amor que jamás se hayan contado en imágenes. Una flor que brota en un erial azotado por el huracán y pugna por sobrevivir, abriéndose fugazmente en todo su esplendor a los escasos claros de luz que perforan momentáneamente las tinieblas que la envuelven. Y, por paradójico que resulte, con el único final que puede verdaderamente otorgarle la inmortalidad. Su Imposibilidad, su Inevitabilidad, su Fatalidad, al fin y al cabo, son, precisa e irónicamente, las únicas cualidades que la harán vivir para siempre en el corazón de cualquier persona sujeta a las reglas del Juego -todos nosotros-, dejando así en tablas -o, al menos, en victoria pírrica- el desenlace de la Partida... porque es la única baza que al Final nos queda.

Mi eterno agradecimiento, señor Sirk.

Caesar



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